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Un blusero más en esta selva de cemento… llamada Santiago de Chile.

El Barco

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Hay momentos en la vida de las personas, que se asemejan a la vida de un capitán en un barco. De frente al timón de su navío, mira por la ventana el curso de navegación, a veces el tiempo es duro y difícil, con fuertes tormentas y tempestades, y otras veces, días soleados y el mar con calma. Lo importante, es que pese a todo, el capitán siempre tenga el curso y camino a navegar con claridad, que sus convicciones y principios, no se vean alterado por el fuerte viento, o la lluvia intensa, o el intenso sol en la paz de una tarde.

En eso creo yo, consiste la vida, en ser capaz de tener claro tu destino, tu camino, y ser además consciente, que habrán días de calma y días de tormenta. Y esa es precisamente, la etapa que me encuentro yo en mi propia vida, en mi propio barco. Me siento en un momento en el cual, el timón del barco está más firme que nunca, en su dirección y curso de navegación, y que por primera vez, he puesto piloto automático, y salgo de la cabina para recorrer la proa de mi barco. El viento golpea mi rostro, lo siento, y me da un poco de temor. Es un encuentro conmigo mismo, con mi ser, solo somos yo y mi propia voz.

Luego de una dura tormenta, que puso a prueba mis fuerzas y habilidades como capitán, las nubes se van disipando de a poco, y el sol comienza a brillar de nuevo. Pero te das cuenta, que a diferencia de otras tormentas, ésta fue desgastante y de una intensidad que jamás habías visto. Son las pruebas que te pone la vida, para ver cuanto eres capaz de dar en tu peor momento como ser humano y persona. Dudaste, temiste y creíste que incluso, el curso de tu barco era errado, pero no caíste ni te confundiste, simplemente, te perdiste a lo que la tormenta te dijera, la dejaste seguir y te adentraste a ella, no cambiaste curso, fuiste con curso de colisión de ella. Eso, es simplemente ser valiente, y creer que es lo mejor para ti.

Estas fuera de la cabina, y respiras con profundidad. Dejaste puesto el piloto automático, y puedes darte el lujo de recorrer el barco, y ver los daños y fortalezas de tu barco. Algunas astillas rotas, pintura que falta, algunos rasguños menores, pero nada que el tiempo y la dedicación, no puedan corregir y enmendar. Te das cuenta que puedes darte el lujo de respirar y contemplar el horizonte, y dejar el piloto automático, y comprendes que eso puedes hacerlo, por que sabes lo que estás haciendo, y has sido fiel a lo que siempre has creído. No ha sido fácil, no es sencillo dirigir y guiar un barco.

Por ahora, no ves tormentas en el horizonte, pero sabes que solo es cuestión de tiempo. Por ahora, aprovechar el mejor tiempo, reparar los daños, respirar el aire que te envuelve, por que no es bueno para el ser, estar encerrado en la cabina del barco. Esa, es la lección de la tormenta. Quizás, tienes que aprender a mirar desde afuera las cosas, y no siempre desde tu cabina, por que solo allá afuera, podrás entender a sentir el viento, y diferenciar cuando es una real tormenta, o solo un viento que te impulse más adelante.

Como buen capitán, jamás temas, al viento del horizonte.

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Autor: Carlos Ruz F.

Matemático UC. Profesor de Matemática e Incipiente Investigador en Educación. Coordinador General de Fundación Maule Scholar. Columnista en EduGlobal, El Quinto Poder y El Mostrador. Gestor en Resultados de Aprendizaje Activo. Áreas de Interés: Segregación, Mejora Escolar, Inclusión Educativa, Políticas Públicas, etc.

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