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Un blusero más en esta selva de cemento… llamada Santiago de Chile.

Apología a los Movimientos Sociales en Chile. ¿Cómo evitar los errores de antaño?

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Chile durante los últimos doscientos años, ha vivido dos momentos cruciales en los cuales el poder constituyente de su pueblo, materializado en su propia soberanía popular, ha sido capaz de alcanzar el punto máximo de cambio y límite del poder oligárquico existente. En estos dos momentos históricos, los ciudadanos, organizados, autogestionados, y por sobre todo, actuando como un solo cuerpo social, puso en jaque a las autoridades y gobiernos existentes. Dichos momentos, fueron entre 1823-1829 y 1918-1925, los cuales sucumbieron por causas diferentes, pero que comparten el hecho de ser puntos culmines de procesos de años, en los cuales la ciudadanía, el pueblo, generó en sí misma, los elementos diversos y propios que representan los movimientos constituyentes.

A partir de esto, veamos de modo general, que ocurrió con estos movimientos, y de que manera nos pueden ilustrar para el momento actual en Chile.

A principios del siglo XIX, las provincias chilenas, en especial Concepción y Coquimbo, habían desarrollado un sistema de autogestión y forma comunitaria entre aldeas, que potenciaba el desarrollo local y regional. Esto se enfrentaba totalmente contra el poder central de Santiago, y el patriciado mercantil. Post independencia de Chile, y bajo la dictadura de O`Higgins, el poder constituyente de regiones, de las aldeas, fue clave para destituir al Director Supremo de su cargo, y generar el proceso de la creación de una República y un Estado Chileno, 100% desde sus ciudadanos, con validez y reconocimiento desde sus bases fundamentales. Sin embargo, esto fue acabado por las fuerzas militares fieles a los mercaderes especulativos de Santiago, y que a pesar de que se contaba con el apoyo del General Freire, no fue suficiente contra el poder económico de los anteriores. Luego, con la llegada de Portales, se barrió con las ideas ciudadanas, y se estableció una República Autoritaria, Conservadora y Católica, y se impuso baja las armas, la Constitución de 1833. Habíamos perdido nuestra primera batalla.

Casi 100 años después, en medio de un caos parlamentario y presidencial, con un enorme problema económico-social, y en una coyuntura marcada por la crisis política más grande en décadas, fue gestándose en las clases populares un descontento y continuo malestar por los diversos gobiernos existentes, más aún, cuando la oligarquia tenía por las nubes la inflación, cargando con enormes tributos a las clases bajas, adormecidas por los patrones y usureros en la pampa nortina, o el campo de la zona central.

Es en esta coyuntura, en donde desde 1900 que el país sufre una serie continua de movimientos y agitaciones sociales, con sitios y tomas en ciudades como Valparaiso, Iquique, Santiago, entre otras. La Cuestión Social y la precaria vida de la ciudadanía, hizo que los pueblos y aldeas, trabajadores y obreros, estudiantes y operarios, se organizaran, bajo el alero de las mancomunidades y gremios, alcanzando incluso, el apoyo de los jóvenes oficiales del Ejército y el famoso “ruido de sables” en Septiembre de 1924. Con la figura de Luis Emilio Recabarren, Chile es capaz de doblegar la fuerza de la oligarquía, pero Arturo Alessandri Palma, traiciona al movimiento, desprecia el trabajo constituyente de la ciudadanía, e impone su propio texto constitucional, la Constitución de 1925, con el surgimiento además, del populismo estatal, con máximos exponentes en las próximas décadas.

Varios elementos fueron claves para que este movimiento cayera en desgracia. Líderes de la FECH y otros grupos estudiantiles que privilegiaron su entrada al Congreso y sus profesiones, la muerte de Recabarren, habilidad de la oligarquía en prometer y entregar a las personas respuestas a sus demandas, desde un sentido paternalista-estatal, no remoción de alta oficialidad del Ejército, y un movimiento en sí, que perdió la fuerza y el carisma de antaño.

Habíamos perdido la segunda oportunidad en nuestra Historia.

Estamos en 2014. Y una nueva oportunidad tenemos en el horizonte. Enmarcado en un sistema económico neoliberal, impuesto por las armas de la Dictadura de Pinochet, con un sistema educativo fracasado, que nos tiene como uno de los países más desiguales del mundo, con hipersegregación escolar, un sistema de pensiones que ha fracasado, un sistema de salud en las ruinas, y con niveles de polarización social y de ingresos, que han generado en las masas sociales, en la ciudadanía, un caldo de cultivo que no pudo ser eliminado por la dictadura. Ha madurado un sentimiento, una emoción comunitaria-social, la cual nos lleva de vuelta a un punto de inflexión probable. Ya en 2006 con la “Revolución Pinguina”, dió síntomas de que algo pasaba, y en 2011-2012, los movimientos sociales y estudiantiles, bajo el alero de la Educación de Calidad, sin lucro y para todos, generó en muchos, el recuerdo de los episodios sucedidos anteriormente y se volcaron a estudiarlo con detenimiento. Sin duda, estamos en presencia de un cambio social importante, los movimientos sociales, con su energía propia e inclusiva, comunitaria y diversa, refrescan y politizan el espacio público, lo cual le hace muy bien a Chile, pero que sin duda, se debe tener cuidado en no caer en errores del pasado. No podemos permitir que los partidos políticos se apropien de este nuevo espacio de cambio, como tampoco los intereses personales o caudillismos primen entre los movimientos emergentes. Hay que aprender de la historia reciente, de nuestros procesos sociales en el tiempo, y no olvidarnos, que no podemos confiar en quienes históricamente nos han traicionado siempre.

Tener una nueva Constitución, es un paso esencial para un nuevo Chile, y eso implica, no venderse a la oligarquía, ni recibir embajadas, ni agregadurías culturales ni de otra índole, ser claros y directos en que el poder entregado por la ciudadanía es temporal y pasajero, y responde a un mandato revocable. Tanto la Concertación como la Alianza traicionaron a Chile en 30 años, ellos no representan el cambio, de la misma forma, que no lo era Alessandri Palma.

Chile necesita terminar con 200 años de imposiciones, tutelajes, y un matonaje de la oligarquía existente. Antes fueron los terratenientes, hoy lo son los empresarios del sector financiero-especulativo.

Solamente, entendiendo la historia y sus procesos, podemos cambiar el país, y hacer de nuestro pueblo, una comunidad inclusiva e integradora.

 

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Autor: Carlos Ruz F.

Matemático UC. Profesor de Matemática e Incipiente Investigador en Educación. Coordinador General de Fundación Maule Scholar. Columnista en EduGlobal, El Quinto Poder y El Mostrador. Gestor en Resultados de Aprendizaje Activo. Áreas de Interés: Segregación, Mejora Escolar, Inclusión Educativa, Políticas Públicas, etc.

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